Balcón del Pissis: tocar el cielo con las manos
Viajar por la provincia de Catamarca permite comprobar las diferencias que separan a las dunas más grandes del mundo de los salares; o la vegetación selvática de los arrayanes a los desiertos de la Puna; o de los lagos azules a las lagunas multicolores.
Porque la realidad es que, pese a su escasa superficie (102.000 kilómetros cuadrados), en Catamarca pareciera imposible dejar de encontrar nuevos paisajes y diversidad de geografías. Hay que recurrir a sucesivos viajes porque el lugar proclama el mensaje: regresar otra vez más para satisfacer el apetito de continuar descubriendo.
Junto a Carlos Buslaiman, el guía, partimos de Tinogasta a la madrugada. Nos dirigimos hacia el norte, por la ruta nacional 60 hasta Fiambalá. Desde aquí el camino, cada vez más sinuoso, tuerce hacia el oeste y se introduce en la Sierra de Narváez durante 15 kilómetros a través de la Quebrada de las Angosturas.
Los relieves montañosos bordean el camino por la margen derecha del río Chaschuil, que fluye encajonado. Dos horas después la luz solar avanza, los colores se multiplican y las geoformas dan pie a la imaginación con minerales rojos, ocres, negros, grises.
¿Así será Marte? La ruta, que continúa hacia Chile, es conocida también como el Camino de los Seis miles. A 140 kilómetros del inicio desviamos hacia el oeste, por un camino de ripio en buen estado “desde que comenzaron a operar las mineras del litio y oro, porque antes resultaba intransitable”, comenta Carlos.

La huella asciende a través de zigzag hasta el Portezuelo de Las Lágrimas, a 4.500 msnm. Aquí Carlos frena, apaga el motor y señala unas perdices. Apenas logro distinguirlas, parecen piedras redondeadas moviéndose. Su camuflaje entre los pastizales áridos y el paisaje ocre y dorado es perfecto.
“Son los machos los que incuban los nidos con varios huevos”, susurra Carlos cuando escuchamos un silbido agudo. Más adelante, en la depresión de la laguna de los Aparejos, permanecen pese al avanzado otoño, algunos flamencos andinos y guanacos.
Según la ciencia, hace 6 millones de años, la Placa de Nazca se hundía debajo de la Placa Sudamericana y los flujos de magma levantaban el volcán Pissis, ahora inactivo. Situado en el extremo sur de la región de la Puna, en una bifurcación de la Cordillera de los Andes, su cumbre no es divisoria de aguas y por eso pertenece íntegramente a la Argentina, situándose 25 kilómetros al este del límite internacional con Chile.
La cartografía oficial del Instituto Geográfico Nacional lo llama “Monte Pissis” y le adjudica 6.882 metros de altura. El coloso, considerado como la tercera cumbre de los hemisferios sur y occidental, alcanzaría los 6.795 metros, según las últimas mediciones de radar de la Nasa confirmadas por trabajos in situ.
Finalmente llegamos al mirador natural, el Balcón del Pissis. Los Seismiles sobresalen entre salares, lagunas turquesas, verdes y el volcán, de 22 kilómetros de extensión y cinco (o seis) cumbres, me dejan absorto.

La mole -que se orienta de NO a SE entre las provincias de Catamarca y La Rioja- por su superficie y altitud conserva los mayores glaciares de los Andes Áridos. Se estima que el Pissis posee al menos 5.000 hectáreas de campos de hielo.
Fijo la mirada en el glaciar de los Argentinos o Norte, un relicto del Cuaternario que abraza la cima y desciende. ¿Cómo habrá sido cuando las mayores precipitaciones y las bajas temperaturas favorecieron la extensión de los hielos?
El frío intenso, la escasez de oxígeno a 4.550 metros de altura y el viento apenas si me dejan respirar. La cima blanca elevándose al aire diáfano me genera inquietudes. ¿Acaso la ruta de los Seismiles y el Balcón del Pissis no deberían ser declarados sitios Unesco?
¿Por qué los escaladores sustituyen palabras con metáforas militares y no suben sino que “asaltan” las montañas? Carlos se ríe y después anuncia: vamos, hay que bajar, ya comienza a soplar el viento del mediodía.
¿Te imaginas ríos de lava solidificándose, cráteres rugientes y piedras catapultadas a kilómetros de distancia? Bienvenido al Pillanhuasi (nombre dado por los pueblos originarios), donde vive la deidad de la Naturaleza.
Fuente: La Nación
